El viñador más libre de Rioja

Una de las personas más auténticas y verdaderas en el vino, y ya que nos ponemos, en Rioja, es Roberto Oliván. Sus vinos Tentenublo son un derroche de habilidad por recuperar los vinos de pueblo, el laboreo los abuelos y conseguir dar una vuelta de tuerca a los vinos tradicionales para darles un cariz más actual y versátil para comer con ellos. Ha disuelto viejas creencias de que no se podía hacer un vino fresco en La Rioja Baja, o una garnacha vieja elegante, o incluso recuperar la mezcla del vino tinto y blanco para dar con el sabor que bebían los abuelos. El “novamás” de la modernidad con signo vintage.

No he visto una imagen más impactante en el mundo publicitario del vino que la que abre la web de Tentenublo que muestra la foto del inicio del post. ¿Unas viñas que han terminado por apoderarse de su dueño, o un dueño que ha preferido transformarse en viña, o que se siente como ella?

Gracias al amigo José Luis Louzán y sus entrevistas a rupturistas del vino en su blog Vino Verdadero, podemos conocer más de cerca en qué consiste esa filosofía de “Vinos Libres” que supone un punto y aparte en el status quo de Rioja, una brecha minúscula entre el clasicismo y los vinos de garaje que impulsaron la alta expresión, un nuevo guionista incluso entre los viticultores más jóvenes.

Me quedo con algunas frases de Roberto que invitan a la reflexión a todo aquel que se pregunte si del vino se vive hoy, o si hay que hacer vinos como impone el mercado:

“Los precios los pongo yo, no el mercado”.

“Uno no se hace millonario, al menos no es mi propósito”.

“Las parcelas son más listas que yo, yo hago vinos muy tontos”.

“El sistema sigue comiendo a muchos viticultores. Algunos vuelven al campo como sus padres, pero siguen la industrialización”.

“Lo bueno de Rioja es la competencia, que en una misma calle te encuentres vinos distintos con añadas y elaboraciones distintas”.

“Algunos somos una minucia en un gran lago”.

“No sé cómo voy a vivir, pero lo voy a hacer”.

Las palabras de  Roberto me hacen pensar en cuantos proyectos vinícolas ilusionantes se han frustrado y cuantos deseos se han eclipsado por mantener viejos patrones, por las duras opiniones de otros, o por qué  nos hemos encogido con el propio sistema. Cuando un vino se hace sin expectativas, no sólo por un rédito económico, cuando uno aguanta, se abren otras posibilidades. Y más aún si uno está enraizado en su proyecto.

Es el momento cuando se da pie a generar un poco de arte, porque es la justa recompensa por tanta generosidad. Uno deja de ser empresa y pasa a fundirse con sus tierras, con sus cepas. Crea su propio sistema. ¿No es instalarse en esta libertad personal la única manera de sorprendernos a nosotros y a los demás?.

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